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Cuando tomamos la decisión de aprender música o llevar a nuestro hijo a una escuela musical, nos lo imaginamos de la siguiente forma: Vengo a la escuela de música, elijo un instrumento, un horario, voy un par de veces a la semana a las clases y al cabo de unos meses obtengo el resultado de mis esfuerzos y de la experiencia de mi profesor. Pero, de repente nos dicen que, aparte del instrumento en sí, tendremos una asignatura más llamada Solfeo. Pocos son los niños a los que les gusta dicha asignatura, pero en ella surge la magia; ayuda a desarrollar el oído, la musicalidad, la notación musical, algo que contribuye directamente al estudio del propio instrumento.

Imagínate la siguiente situación, vienes a una clase de flauta o de piano y, en vez de aprender la colocación de los de dos o de como respirar, dedicas una hora entera analizando la notación musical. Al fin y al cabo, música son verdaderas matemáticas, cada tramo tiene su propio valor, cada nota tiene su propio nombre y posición en el pentagrama, y las claves musicales son como una especie de intérpretes que cambian el “idioma” de nuestra canción. ¡Mucha información! Y todo esto entra en las clases especiales llamadas solfeo, que se imparten en diferente horario pero con la misma frecuencia que las clases con el instrumento, porque ésta asignatura es especialmente importante en tu formación como músico.

Un poco de mi propia experiencia: He tenido que trabajar bajo diferentes sistemas, rusos, españoles, conjuntos. En mi trabajo parto del reto que tiene por delante el alumno, pero siempre intento ir con el un poco más allá (es mi pequeño truco).  La metodología de admisión a un conservatorio es distinta al “aprender a tocar para nosotros” ya lo sabéis, pero no por ello esto es más sencillo. Olvidandonos de pequeños detalles a lo largo de la formación, estaremos dejando escapar otros más importantes a lo largo de la misma.

En mis clases de solfeo utilizo muchos ejercicios para el correcto desarrollo auditivo y respiratorio, la memoria musical y la motricidad de las manos y, por supuesto, hago gran incapie en el estudio de toda la “cocina musical”. El resultado, sobre el que vamos a trabajar, es la posesión y el dominio del instrumento, la capacidad de leer las partituras y poder seguir aprendiendo por nosostros mismos; la posibilidad de tocar cualquier tipo de música, y la capacidad de oír la calidad de nuestra interpretación y la de los demás. La transformación en un gran músico consta de dos pasos y, ¡el primero ya lo has dado!


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